El aire en la cabina del coche de Nathan era denso, saturado con el aroma a cuero, acero frío y la estática de la tensión que emanaba de su propia piel. Cada kilómetro que recorría hacia el norte parecía alejarlo más de la realidad que conocía y acercarlo a una pesadilla atávica. El Alfa Clase 1 no era un enemigo común; era una anomalía, un eco de una época en la que los humanos no se definían por el dinero o el poder, sino por una jerarquía genética escrita en la médula ósea.
Nathan mantenía l