Los días en la habitación médica de la mansión Roux no se medían en horas, sino en el goteo constante de los sueros y el rítmico, casi agónico, pitido de los monitores. Para Larissa, el tiempo era una masa informe de color brea. Su mente era un náufrago en un océano oscuro, arañando las paredes de una inconsciencia que se sentía más como una tumba que como un refugio. Su cuerpo, una estructura de carne y hueso que alguna vez fue vibrante, ahora era una cárcel de fragilidad extrema.A nivel biológico, el daño era devastador. En el universo de castas, un Omega no es solo un cuerpo; es un receptor de energía, un ser cuya estabilidad depende de la armonía de sus feromonas. Pero Larissa había sido v**l*d* en su naturaleza más profunda. Los Carpiette, en su ambición ciega, no solo la habían golpeado; habían intentado borrar su esencia Omega mediante bloqueadores químicos de grado industrial, supresores que en el mercado negro se usan para quebrar la voluntad de los rebeldes.—Dijeron que de
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