El silencio que siguió al descubrimiento fue tan denso que parecía cortar el aire. Rousse Roux, la alfa dominante que no le temía a ningún consejo de administración ni a los escuadrones armados del Orfanato, ni los altos mandos del ejército la intimidaban, se quedó inmóvil junto a la cuna, con los ojos fijos en la pequeña Lyra. Sus instintos de loba procesaron la información antes de que su mente pudiera formular una sola palabra. La genética no mentía: aquellos ojos ámbar, la curva del ceño, e