El sonido de las botas del alfa crujiendo sobre la gravilla congelada se fue desvaneciendo de manera implacable. Cada paso que lo alejaba de la cabaña sonaba como un clavo hundiéndose lentamente en la madera del porche. La omega se había quedado inmóvil en el centro de la sala, con los brazos cruzados con tanta fuerza alrededor de su propio cuerpo que los nudillos se le habían vuelto blancos. Esperó el portazo, el crujido de la madera al forzar la puerta de nuevo, o la voz grave de Nathan exigi