El día avanzaba lentamente en París, como si la ciudad respirara con suavidad. En la Mansión Portal, la quietud era engañosa: detrás de cada silencio había un pensamiento, una preocupación, una herida sin cerrar. Lucia Portal estaba sentada en el borde de su cama cuando su teléfono vibró. Al ver el nombre en la pantalla, su corazón dio un vuelco.
Lucrecia Carrasco.
Respiró hondo y contestó.
—¿Mamá?
La voz de Lucrecia se escuchó al otro lado, temblorosa, como si cada palabra le costara un pedazo