El día avanzaba lentamente en París, como si la ciudad respirara con suavidad. En la Mansión Portal, la quietud era engañosa: detrás de cada silencio había un pensamiento, una preocupación, una herida sin cerrar. Lucia Portal estaba sentada en el borde de su cama cuando su teléfono vibró. Al ver el nombre en la pantalla, su corazón dio un vuelco.
Lucrecia Carrasco.
Respiró hondo y contestó.
—¿Mamá?
La voz de Lucrecia se escuchó al otro lado, temblorosa, como si cada palabra le costara un pedazo de dignidad.
—Lucia... hija. Necesito hablar contigo. Es importante.
Lucia cerró los ojos un segundo. Podía intuir lo que venía. Pero aun así, se obligó a responder con serenidad:
—Te escucho, mamá.
Hubo un silencio que dolió. Hasta que finalmente, Lucrecia habló.
—Elizabeth... ya es oficialmente la nueva presidenta de la Empresa Carrasco. —Su voz se quebró apenas—. Tu padre y yo hemos tomado esa decisión.
Lucia apretó los labios. Su pecho subió y bajó con contención. No porque no hubiera imagi