La madera crujía.
No era un crujido cualquiera: era ese sonido seco y traicionero que anuncia un movimiento mínimo, pero definitivo. En la penumbra espesa de la cabaña, cada respiración parecía amplificada, cada latido un golpe contra el silencio. El aire estaba cargado de polvo viejo y miedo fresco.
Las manos de Enzo se posaron en la perilla.
No la giró de inmediato. Solo la sostuvo. Sus dedos se cerraron con lentitud calculada, como si saboreara el instante previo al quiebre. El metal frío le