La tarde fue avanzando en Paris. Jared se encontraba revisando un par de documentos en su despacho privado cuando su teléfono vibró sobre el escritorio. Observó la pantalla. El nombre del joyero aparecía allí. Respondió con calma, llevando el auricular a su oído mientras inclinaba ligeramente la cabeza hacia un lado.
—Davenport —dijo en una voz baja y grave.
Del otro lado, el joyero habló con respeto inmediato:
—Señor, los anillos están listos. Los hemos conseguido tal como usted lo pidió.
Un pequeño, casi imperceptible silencio cayó entre ellos... antes de que la sonrisa surgiera en los labios del hombre. Una sonrisa peligrosa. Una sonrisa que no nacía de la ternura, sino del dominio. Del control perfecto. De un objetivo que avanzaba sin freno.
—Perfecto —murmuró, con un tono que heló la garganta del joyero—. En diez minutos estoy allí.
—Lo esperamos, señor Davenport.
La llamada terminó.
Jared dejó el teléfono a un costado y se incorporó, ajustándose el cuello de su camisa oscura. Se