La noche se cerraba sobre el bosque como un puño helado. La cabaña, aislada entre troncos altos y sombras interminables, parecía respirar con el viento. La madera crujía como si tuviera memoria, como si cada tabla guardara los secretos de lo que ocurría en su interior. El aire olía a pino húmedo y a tierra reciente, y dentro, la penumbra apenas era vencida por la luz temblorosa de una lámpara.
Amanda estaba sentada junto a la pequeña mesa, abrazándose los brazos como si así pudiera sostenerse e