Amanda avanzaba por las avenidas amplias de París con una determinación que contrastaba con el temblor silencioso que llevaba dentro. Su vehículo deportivo negro un coupé de líneas afiladas, pintura brillante como obsidiana recién pulida y un rugido de motor que parecía contener una furia contenida se deslizaba entre el tráfico como una sombra elegante. Las luces de la ciudad se reflejaban sobre el capó curvado, corriendo en destellos dorados que no lograban borrar la expresión tensa de su rostro.
Sus ojos verdes, normalmente vibrantes, tenían un matiz opaco, como si cada parpadeo fuera el peso de un recuerdo que preferiría abandonar en cualquier curva. Daban la impresión de que aquella carga emocional estaba resultando más pesada de lo que jamás imaginó soportar. Hacía apenas unos días, Amanda imaginaba un futuro distinto, uno en el que se casaría con el hombre que había considerado perfecto. Había soñado con una vida plácida, segura, llena de planes que parecían encajar de manera na