No era una oscuridad absoluta, sino una penumbra espesa, cargada de ecos metálicos y olor a humedad. El frío del suelo se filtraba a través de la tela de su vestido, haciéndola estremecer. Parpadeó varias veces, con la cabeza latiéndole con un dolor sordo, profundo, como si cada pensamiento fuera una punzada.
Intentó moverse.
Sus muñecas estaban atadas.
Un jadeo escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo. El pánico amenazó con subirle por la garganta, pero Amanda Portal no era una mujer débil. Respiró hondo, obligándose a mantener la calma, a pensar.
El lugar comenzó a definirse poco a poco.
Una bóveda abandonada.
Las paredes de concreto estaban agrietadas, marcadas por el tiempo y el abandono. Tubos oxidados recorrían el techo como venas muertas. La iluminación era artificial, focos colgantes que lanzaban una luz amarillenta y cruel. El eco de voces masculinas rebotaba en la amplitud del lugar.
Y entonces los vio.
Helicópteros.
Dos de ellos, estacionados a pocos me