La mañana había avanzado sin pedir permiso.
Amanda se movía por el pent-house con una eficiencia casi automática, revisando documentos, respondiendo correos, marcando pendientes que se acumulaban como si el orden pudiera contener el caos. Jared ya se había marchado a la empresa; su ausencia dejaba una estela extraña, un silencio distinto al habitual. No era calma. Era expectativa.
Había cosas que no terminaban de cerrarse.
Cuando el teléfono vibró sobre la mesa, Amanda tardó unos segundos en reaccionar. Miró la pantalla con distracción… y entonces el aire pareció comprimirse en su pecho.
Enzo.
El nombre era un golpe seco, directo a un lugar que creía ya sellado. Dudó. Su primer impulso fue ignorar la llamada. No le debía nada. No después de la humillación, del intento de control, del miedo.
El teléfono vibró de nuevo.
Amanda cerró los ojos un instante. Respiró hondo. Finalmente, respondió.
—¿Qué quieres, Enzo? —preguntó, sin suavizar el tono.
Al otro lado, el silencio fue bre