La mañana había avanzado sin pedir permiso.
Amanda se movía por el pent-house con una eficiencia casi automática, revisando documentos, respondiendo correos, marcando pendientes que se acumulaban como si el orden pudiera contener el caos. Jared ya se había marchado a la empresa; su ausencia dejaba una estela extraña, un silencio distinto al habitual. No era calma. Era expectativa.
Había cosas que no terminaban de cerrarse.
Cuando el teléfono vibró sobre la mesa, Amanda tardó unos segundos en