Mundo ficciónIniciar sesiónLeonardo me dejó en la boda por su primer amor… tres veces. La primera vez, Mariana amenazó con lanzarse desde un edificio. La segunda, dijo que se iba al extranjero. La tercera vez, envió un mensaje diciendo que había aceptado el matrimonio arreglado por su familia. Tras lo cual, el siempre sereno y contenido Leonardo entró en pánico, dejó plantados a todos los invitados y volvió a convertirme en el hazmerreír. Lo llamé. —Leonardo, si no regresas hoy... me caso con otro. Él se rio. —Que Mariana juegue con eso se entiende, está joven... pero tú, ¿a tu edad todavía con esas tonterías? Apreté el celular con fuerza. Así que sí sabía que todo era una jugarreta de Mariana. Pero, aun así, decidía seguir consintiéndola. Fue en ese momento en el que el corazón se me rompió de verdad. Tiempo después, cuando por fin logró contentar a su adorada amiga de la infancia, se acordó de mí. —Elige una fecha para rehacer la boda. Te prometo que esta vez será más lujosa que nunca. Pero un hombre a mi lado lo interrumpió con una sonrisa: —Con permiso. Tengo que llevar a mi esposa al avión.
Leer másC1 - ¡ENCONTRARÉ UN MARIDO!
—¡Encontraré un marido!
Arthur Hayes soltó una carcajada cruel.
—¿Tú? Por favor, sobrina. ¿Qué hombre se casaría con una mujer que grita como una histérica cuando la tocan? ¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no conozco tu patético trauma?
El comentario golpeó a Savanna como una bofetada y las imágenes regresaron: manos ásperas, respiración pesada, el terror de aquella noche cuando tenía dieciséis años.
Un amigo de su padre.
La fiesta.
La habitación.
Su voz diciéndole que se callara.
—No sabes nada de mí —susurró.
—Sé que cada relación que intentas fracasa porque entras en pánico cuando un hombre te toca. —Arthur la miró con desprecio—. Tu terapeuta le contaba todo a tu padre. Y tu padre, en su ingenuidad, me lo contaba a mí. "Pobre Savanna", decía. "Mi niña está rota por dentro".
Savanna sintió náuseas. El trauma que había intentado superar durante años, ahora estaba expuesto como una debilidad para manipularla.
—Eres despreciable.
—Soy práctico. —dijo Arthur encogiéndose de hombros—. Tienes tres días, sobrina. Aunque dudo que encuentres a alguien dispuesto a un matrimonio sin... beneficios. —Sonrió con malicia—. ¿Qué hombre querría una esposa que no puede cumplir con sus deberes conyugales? Estás dañada, Savanna. ¡Nadie se casará contigo!
Savanna levantó la barbilla y aunque aún no tenía un novio que firmara el acta de matrimonio, no permitiría que su tío le arrebatara todo lo que le pertenecía.
—Te sorprendería lo que puedo lograr cuando me propongo algo —sentenció.
—¿En serio? —Arthur sonrió dando un paso amenazante hacia ella—. Entonces sorpréndeme.
—No solo encontraré un marido. —ahora fue Savanna quien dio un paso hacia él—. También recuperaré el control total de Hayes Industries, revisaré cada decisión que has tomado en ausencia de mi padre y te sacaré del consejo. Y cuando mi padre despierte, se enterará de todo lo que has intentado hacer.
La sonrisa de Arthur se congeló.
—Disfruta tu whisky, tío. Podría ser el último que tomes en esta oficina.
Savanna giró sobre sus talones y salió, dejando a Arthur inmóvil, con el vaso a medio camino de sus labios.
—Niña estúpida —murmuró él cuando la puerta se cerró—. Igual de ingenua que tu padre.
El recuerdo se desvaneció mientras Savanna conducía bajo la lluvia torrencial. Golpeó el volante con fuerza.
—¡Maldito seas, Arthur!
Desde que su padre había quedado en coma tras el accidente de avión, su tío había maniobrado para tomar el control. Primero fueron "sugerencias", luego presiones sutiles, y ahora este ultimátum.
Savanna era hija única, y tras perder a su madre por cáncer dos años atrás, se había convertido en la cabeza de la familia Hayes.
Una responsabilidad que Arthur quería arrebatarle.
—Seguro manipuló al consejo —murmuró mientras aceleraba—. Les habrá mostrado informes falsos, números alterados. Siempre ha querido la empresa para él.
Un relámpago iluminó el cielo nocturno. La lluvia caía como una cortina sobre el parabrisas.
—Mateo tiene que encontrar a alguien. Cualquiera servirá. —dijo mientras ajustaba el limpiaparabrisas a máxima velocidad—. Un matrimonio de conveniencia, un contrato temporal...
Entrecerró los ojos al notar algo en la carretera adelante.
Una forma oscura.
A medida que se acercaba, distinguió una silueta humana tambaleándose en medio del camino.
—¡Mierda!
Pisó el freno con fuerza.
El auto derrapó sobre el asfalto mojado y aunque logró detenerse antes de golpearlo directamente, vio con horror cómo la figura caía pesadamente sobre la carretera. Savanna se quedó paralizada, aferrada al volante con los nudillos blancos, mientras su corazón martilleaba en su pecho.
—¿Lo maté? Dios mío, ¡¿maté a alguien?!
Tragó saliva.
—No, no... yo no lo vi. Salió de la nada.
Se giró hacia la puerta pero se detuvo. Una parte de ella quería huir, evitar problemas, más complicaciones en su vida ya caótica.
—No. —Negó con la cabeza—. Hiciste un juramento, Savanna. Prometiste ayudar, no importa quién sea.
Abrió la puerta y la lluvia la empapó instantáneamente. Sus Louboutin pisaron el asfalto mojado mientras caminaba hacia el frente del auto, los faros iluminaron a un hombre tendido en el suelo. Se arrodilló junto a él, con las manos temblando mientras buscaba el pulso. La lluvia lavaba el rostro del desconocido, revelando facciones marcadas, una mandíbula fuerte, cabello oscuro pegado a la frente.
Era innegablemente atractivo, incluso en estas circunstancias.
Sin embargo, su mirada profesional bajó, examinando el cuerpo. Entonces lo vio: una mancha oscura expandiéndose en su costado.
—Por Dios... —Tocó la herida y sus dedos se mancharon de rojo—. Estás herido... necesitas atención médica. Además, es una herida fea.
Miró alrededor y la carretera estaba desierta, solo lluvia y oscuridad. Y el hospital más cercano quedaba a casi una hora.
—Tendré que llevarte yo misma.
Con esfuerzo, logró arrastrar al hombre hacia el auto, pero era demasiado pesado.
—¿Por qué tienes que pesar tanto? —gruñó mientras lo empujaba al asiento trasero.
Una vez dentro del vehículo, arrancó y marcó un número en su teléfono.
—¿Jodie? Envía a Miguel con mi maletín médico del consultorio. Necesito suero, antibióticos, material de sutura y analgésicos. Todo listo para cuando llegue.
—¿Qué pasó ahora? —La voz de Jodie sonaba alerta a pesar de la hora—. La última vez que me llamaste así de alterada fue cuando rescataste ese gato callejero que resultó ser de la señora Peterson.
—Es un hombre herido, Jodie. Y no lo atropellé... exactamente.
—Dios mío, Savanna. ¿Sabes que existen hospitales, verdad? Lugares con personal médico que no son tu penthouse de Central Park.
—No hay tiempo. Está perdiendo sangre y... —Savanna miró por el retrovisor. El hombre seguía inconsciente—. Hay algo raro en esa herida. No parece un accidente.
—¿Estás diciendo que recogiste a un extraño en medio de la tormenta? ¿Y si es un criminal?
—Es un paciente, Jodie. Y soy médico.
—Bueno sí, pero no es obligado que…
—Envía lo que te dije—Savanna aceleró—. Estaré en casa en veinte minutos.
Colgó antes de que Jodie pudiera protestar más. Miró nuevamente por el retrovisor y el desconocido se movió ligeramente.
—Aguanta —murmuró—. No sé quién eres ni qué te pasó, pero no voy a dejarte morir.
Me quedé pasmada ante ese giro inesperado, miré instintivamente a Leonardo.Pero aquel que siempre había sido tan sereno, de pronto mostró una chispa de nerviosismo en la mirada. Fingiendo calma, respondió:—¿Qué tonterías estás diciendo? ¡Fui yo quien la salvó! ¡Ella y su abuela estaban internadas en el hospital de mi familia!Álvaro lo miró de arriba abajo, como si de pronto todo encajara en su mente. Soltó una risa breve, seca.—Aquella noche lluviosa, fui yo quien rescató a Camila y a su abuela —dijo—, pero no sabía adónde llevarlas.—Justo el hospital más equipado en ese momento era el de tu familia, así que las llevé allí y te pedí que les asignaras una habitación.—Jamás imaginé que te atrevieras a hacerte pasar por quien le salvó la vida con la voz cargada de incredulidad. Usaste esa deuda como anzuelo para que Camila se quedara a tu lado, aguantándolo todo sin una queja.Mientras Álvaro iba revelando, una a una, las verdades enterradas de aquel entonces, el rostro de Leonardo
Volver a ver a Leonardo fue en la entrada del hospital, justo después de que le hubiera llevado la comida a mi abuela.Al notar esa silueta conocida, lo primero que quise fue dar la vuelta y largarme.Pero Leonardo ya me había visto y me alcanzó rápido.En estos meses parecía no haber descansado bien, su rostro estaba más cansado, marchito.—Camila, ¿sabes cuánto tiempo te he estado buscando? Me agarró con fuerza, apretando los dientes.—Álvaro sí que sabe esconderte, te tiene bien guardada, casi pensé que jamás te volvería a verMe dolía la cabeza.—Creo que ya no hay nada que decir entre nosotros.Leonardo no se rindió:—¿Cómo que no hay nada que decir? Dime por qué estás con Álvaro, por qué me traicionaste. ¿Acaso no fui suficiente para ti?Por dentro casi me río de rabia.¿Qué era eso de "ser suficiente"? Lo que hizo en estos diez años, ¿cómo iba a llamarse eso si no un desastre?Y traición... el que huyó de la boda no fui yo.Lo miré sin emoción.—Cuando escapaste de la boda la ú
—Cerré los ojos, dejando que los recuerdos se desataran uno tras otro en mi mente, cuando de repente sentí un calorcito en el cuerpo.Abrí los ojos y Álvaro estaba ahí, cubriéndome con una cobija delgada.Al cruzar su mirada con la mía, se vio un poco incómodo y, sin pensarlo mucho, subió un poco más la cobija.—Descansa un rato, te despertaré cuando sea hora.Apreté la manta contra mi cuerpo, sintiendo una mezcla de emociones difícil de descifrar.Hasta ahora no entiendo por qué Álvaro decidió dar ese paso y casarse conmigo.Corría el rumor de que él y Leonardo eran amigos de la infancia, con una amistad mucho más profunda que la que yo tenía con él.Cuando Leonardo vino tras de mí, ya estaba a punto de perder toda esperanza. Creí que Álvaro me entregaría sin más.Pero para mi sorpresa, él rompió con esos hermanos por completo, por mí.¿Pero qué quería de mí? Mi mente estaba en blanco, no lograba entender qué podía tener yo que mereciera esa traición.Era una huérfana sin raíces, sin
—Justo en ese momento, Mariana llegó al lugar.Al ver a Leonardo clavando la mirada en mí, una chispa de celos cruzó sus ojos.Con gesto lastimero, tomó la mano de Leonardo y sacó a relucir sus viejas artimañas de niña consentida.—¡Leo, si ella se quiere ir, déjala! —dijo—. Total, ¿no es que no te gusta? Mejor se quita de en medio, ¿no crees?Mientras hablaba, una sonrisa tímida se dibujó en su rostro, y con intención me mostró el rastro rojo en su cuello.—Ya soy tuya, ¿por qué no volteas a mirarme? La verdad es que desde hace años he querido ser yo quien se case contigo... Pero no terminó la frase, Leonardo se apartó bruscamente, esquivándola y soltando su mano.—No digas tonterías, Mariana, yo solo te veo como a una hermana.El rostro de Mariana se tensó, humillada frente a todos, sin saber cómo continuar.—¡Leo, ¿qué estás diciendo? Nosotros ya...Leonardo ni siquiera la miró y la cortó.—Ya te dije, lo de hoy fue un accidente.—Yo fui la que falló, dime cuánto quieres y te lo pa





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