—Justo en ese momento, Mariana llegó al lugar.
Al ver a Leonardo clavando la mirada en mí, una chispa de celos cruzó sus ojos.
Con gesto lastimero, tomó la mano de Leonardo y sacó a relucir sus viejas artimañas de niña consentida.
—¡Leo, si ella se quiere ir, déjala! —dijo—. Total, ¿no es que no te gusta? Mejor se quita de en medio, ¿no crees?
Mientras hablaba, una sonrisa tímida se dibujó en su rostro, y con intención me mostró el rastro rojo en su cuello.
—Ya soy tuya, ¿por qué no volteas a mi