El taxi se detuvo frente a la mansión con un chirrido de neumáticos que rompió el silencio de la noche. Luisa pagó con un billete grande, ni siquiera esperó el cambio, y salió disparada hacia la puerta. Las manos le temblaban mientras giraba la llave. El corazón le latía con tanta fuerza que podía sentirlo en los oídos. La imagen del pañuelo manchado de rojo no se le iba de la cabeza.
—¡Erick! —gritó, entrando—. ¡Erick!
Silencio. Solo el eco de su propia voz rebotando en las paredes de la mansi