La noche se había posado sobre la ciudad como un manto de terciopelo oscuro. Los faroles de las calles comenzaban a encenderse uno tras otro, pintando la acera de tonos anaranjados. Luisa acababa de cruzar la puerta de la mansión cuando levantó la vista y lo vio.
Un auto negro, impecable, reluciente, estaba estacionado justo frente a la entrada. Y apoyado en la puerta del conductor, con los brazos cruzados y una sonrisa que iluminaba todo su rostro, estaba Damián.
Llevaba un traje gris claro, c