La noche se había cerrado sobre la cueva como una losa de plomo, pesada y opresiva. El cielo, sin luna ni estrellas, era un manto negro que parecía presagiar el final de todo. La entrada de la cueva, apenas visible entre la maleza y las rocas cubiertas de musgo, era su único refugio, su último escondite. El olor a tierra húmeda, a roca antigua y a desesperación llenaba el ambiente, mezclándose con el miedo que se respiraba en el aire denso y frío de la noche.
Damián estaba sentado en el suelo d