Los días siguientes fueron una danza extraña entre el deber y el deseo. Luisa se había instalado en la rutina de cuidar a Erick con una dedicación que ella misma no terminaba de entender. No era solo culpa por lo del picante. No era solo lástima. Era algo más. Algo que se negaba a nombrar.
La mañana comenzó con el sol entrando por las ventanas de la habitación. Erick estaba recostado en la cama, con el torso desnudo, las sábanas arrugadas a su alrededor. Luisa entró con una bandeja humeante. Té