La mansión de los Benedetti, que siempre había sido un monumento a la frialdad y la distancia, esa noche se había transformado en un lugar cálido, casi irreconocible. Las luces tenues de la sala creaban sombras suaves en las paredes, y el aroma a la cena que la señora Benedetti había preparado llenaba cada rincón con un olor a hogar que ninguno de los presentes había experimentado antes en esa casa.
El señor Benedetti, Donato, estaba sentado en su sillón habitual, pero su postura era diferente.