La tarde caía sobre la mansión como un manto de oro y sombras, tiñendo los jardines de tonos cálidos que parecían pintados por un artista invisible. El sol, ya cansado de su recorrido diario, se escondía lentamente detrás de los árboles, regalando un espectáculo de luces que solo los que saben detenerse pueden apreciar. Luisa caminaba por el jardín, con sus pies descalzos sobre el césped suave, sintiendo la brisa fresca acariciar su rostro. Su barriga, enorme y redonda, se movía con los suaves