El domingo amaneció gris. No llovía, pero el cielo estaba cargado de nubes espesas que no dejaban pasar el sol. La luz que entraba por las ventanas de la mansión era pálida, mortecina, como si el día entero estuviera de duelo.
Luisa se despertó temprano. Demasiado temprano para un domingo. Se quedó acostada un rato, mirando el techo, escuchando el silencio de la casa. No había ruidos. No había pasos. No había reclamos. Solo el tic-tac del reloj en el pasillo y el latido de su propio corazón.
Se