La mañana del lunes amaneció tan gris como el domingo. Luisa se levantó con el cuerpo pesado, la mente nublada, el ánimo por los suelos. No quería ir a la oficina. No quería ver a nadie. No quería fingir que todo estaba bien cuando por dentro sentía que se desmoronaba.
Pero se levantó. Se duchó. Se vistió. Se pintó los labios de rojo, porque eso era lo que hacía ahora. No por él. Por ella.
Erick ya se había ido cuando bajó. No dejó nota. No dejó mensaje. Solo el silencio y el eco de sus pasos e