La noche había caído sobre la mansión como un manto pesado y oscuro. Luisa estaba en su habitación, sentada en el borde de la cama, con el diario de su mamá abierto sobre las rodillas. Llevaba horas leyendo, repasando las mismas páginas una y otra vez, buscando alguna pista que se le hubiera escapado. Pero su mente no estaba en el pasado. Estaba en el presente.
En Erick.
En lo que había pasado en el almuerzo. En la forma en que la había mirado mientras ella comía el pollo picante sin inmutarse.