La habitación de Damián estaba en penumbras. Solo la luz tenue de la lámpara de la mesita de noche iluminaba la escena, creando sombras que bailaban en las paredes como fantasmas curiosos. El aire olía a sudor, a enfermedad, a humanidad. Pero también a algo más. Algo que Luisa no quería nombrar.
Damián seguía recostado en la cama, con los ojos cerrados, la respiración agitada. No sé había quitado la pijama, no tenía fuerzas.
El pijama empapado se pegaba a su cuerpo como una segunda piel, delin