La noche seguía siendo la misma. Oscura. Profunda. Cómplice de los secretos que se tejían en cada rincón de la ciudad. En el apartamento de Damián, el reloj marcaba las dos de la madrugada cuando Luisa salió del baño con la toalla en la mano.
—El agua ya está fría —dijo, dejando la toalla sobre el borde de la tina—. Deberías salir.
Damián abrió los ojos lentamente, como quien regresa de un sueño profundo. El agua tibia, las sales de lavanda y las manos de Luisa lo habían relajado más de lo que