La tarde caía sobre la ciudad cuando Annie llegó a su casa, todavía temblando de rabia. El vestido rojo, que horas antes la hacía sentir poderosa, ahora le parecía un trapo ridículo. Se lo quitó de un tirón en cuanto entró a su habitación y lo arrojó al suelo como si quemara.
Se puso una bata de seda color vino y bajó las escaleras con el ceño fruncido, los labios apretados, los puños cerrados. Necesitaba desahogarse. Necesitaba que alguien la escuchara. Necesitaba que alguien le dijera que Lui