La habitación de Annie estaba a oscuras cuando el portazo de Erick resonó en toda la casa. Ella no se movió. No encendió la luz. No llamó a nadie. Solo se quedó allí, acostada en la cama de seda, con los ojos abiertos en la penumbra, sintiendo cómo la rabia le crecía en el pecho como una planta venenosa.
Él se había ido.
Él la había dejado.
Él había elegido a Luisa.
No lo dijo con palabras, pero ella lo sabía. Lo conocía desde hacía años. Sabía cómo la miraba, cómo la tocaba, cómo le decía "Ann