Los golpes en la puerta resonaron en toda la mansión como disparos de advertencia.
Pum, pum, pum.
No era un llamado educado. Era un ataque.
Luisa estaba en la sala, hojeando un libro que no lograba concentrarse. El sonido la sobresaltó, pero no se movió de inmediato. Los golpes se repitieron, más fuertes, más furiosos.
Pum, pum, pum, PUM.
—¡Ya voy! —gritó Luisa, cerrando el libro con fastidio.
Caminó hacia la puerta principal con pasos lentos, sin apuro. Ya sabía quién era. No necesitaba mirar