Erick no podía concentrarse.
Desde que Luisa subió a su habitación la noche anterior, después de soltarle aquello de "yo sé jugar muy bien", él había dado vueltas en la cama sin poder dormir. Su mente no paraba de reproducir la escena: la forma en que ella lo miró, sin miedo, sin temblor. La forma en que supo sostenerle la mirada mientras él tenía la mano en su cuello.
Esa no era la Luisa que él conocía.
La Luisa que él conocía bajaba la cabeza. La Luisa que él conocía decía "lo siento" sin hab