El portazo de Annie aún resonaba en los oídos de Erick cuando subió las escaleras. Sus piernas se movían solas, empujadas por una fuerza que no entendía. Rabia. Confusión. Algo que ardía en su pecho como ácido.
Llegó a la puerta de Luisa. No llamó. Entró.
Ella estaba sentada en el borde de la cama, con el teléfono en la mano, mirando la pantalla como si esperara algo. Al verlo entrar, no se sobresaltó. No se puso de pies. Solo lo miró con esos ojos que ya no tenían miedo.
—¿No aprendiste a toca