Los días habían comenzado a tener una rutina nueva para Ana.
Despertar en el pequeño apartamento de Nicolás, preparar café, revisar los documentos que él le dejaba, organizar su agenda, responder correos. Era un trabajo sencillo pero gratificante, y lo mejor de todo: la hacía sentir útil. La hacía sentir que podía valerse por sí misma.
Pero había algo que la llamaba constantemente. Un vacío que ningún trabajo podía llenar.
Su madre.
Había pasado semanas sin verla. Desde aquella noche en que la