Cristóbal llevaba días sin poder concentrarse.
No dormía. No comía. No podía pensar en otra cosa que no fuera ella. Su olor, su piel, la forma en que lo miraba antes de que todo se rompiera. La necesitaba con una desesperación que lo avergonzaba, que lo hacía sentirse débil, que contradecía todo lo que le habían enseñado desde niño.
Pero era más fuerte que él.
Esa mañana, apenas pisó la oficina, llamó a su asistente.
—Juan David —dijo, con voz tensa—. Necesito que investigues a Ana María Gutiér