Mientras tanto Sofía estaba desorientada, sus pies apenas tocaban el suelo. El uniforme de doctora que aún llevaba puesto estaba manchado con la sangre de Cristóbal, la sangre que ella misma había derramado con sus propias manos. La madera ensangrentada aún yacía en el suelo de la habitación, testigo mudo de su crimen.
No miraba atrás.
No podía.
Si miraba, vería a Cristóbal inconsciente, bañado en su propia sangre. Si miraba, vería a Ana arrodillada a su lado, con las manos presionando la herid