La noche seguía siendo un manto de sombras cuando los paramédicos lograron estabilizar a Cristóbal.
Lo habían subido a la camilla con cuidado, rodeándole el cuello con un collarín para inmovilizarlo. La hemorragia había sido grave, pero lograron detenerla. Su rostro seguía pálido, casi transparente bajo la luz de las linternas, y sus ojos permanecían cerrados. Pero respiraba. Seguía respirando.
Ana caminaba a su lado, sin soltarle la mano. Sus dedos estaban entrelazados con los de él, manchados