La mañana llegó con una claridad implacable.
Ana había pasado la noche en vela, mirando el techo, con las dos pruebas de embarazo sobre la mesita de noche como dos testigos silenciosos de lo que estaba por venir. Había rezado, había llorado, había imaginado mil escenarios diferentes.
Pero ahora, con el sol entrando por la ventana, no podía seguir postergándolo.
Salió de su habitación con pasos lentos, las pruebas en la mano. El apartamento estaba en silencio. Nicolás aún no se había levantado,