La noche cayó sobre la villa como una losa.
Cristóbal no había vuelto. Isabel había llamado a la policía, a Nicolás, a todos los que podían ayudar. El salón de la villa se había convertido en un cuartel improvisado: agentes con radios, mapas extendidos sobre la mesa, teléfonos que no dejaban de sonar.
Nicolás llegó como un vendaval. Su auto frenó frente a la entrada, las puertas se abrieron de golpe, y entró con el rostro desencajado, los ojos enrojecidos.
—¿Qué pasó? —preguntó, sin saludar a n