Pasaron las semanas. El proyecto avanzaba, aunque lentamente. Nicolás y Cristóbal trabajaban en sus respectivas oficinas, comunicándose por correo electrónico y llamadas telefónicas. No se veían en persona si no era estrictamente necesario. La tensión entre ellos seguía latente, como una herida que no terminaba de cerrar.
Pero la vida seguía su curso. Los mellizos crecían. Ana se dividía entre la villa y la oficina de Nicolás, ayudando en lo que podía. Y los padres de Nicolás, después de tanto