La cafetería estaba en un barrio tranquilo, lejos del bullicio de la ciudad. Ana eligió ese lugar porque sabía que los padres de Nicolás se sentirían cómodos: mesas de madera, plantas en las ventanas, música suave de fondo. Nada ostentoso. Nada que recordara a los Gravenhorst.
Llegó temprano, con los mellizos en su carrito doble. Elena iba despierta, moviendo sus manitas hacia todo lo que veía. Nicolás, más serio, observaba a su hermana con sus ojos grises, como si ya supiera que ella siempre s