La mañana había amanecido con una claridad engañosa en la villa.
Ana se levantó temprano, como siempre, y encontró a los mellizos ya despiertos, esperándola con sus ojos grandes y sus sonrisas que iluminaban cualquier oscuridad. Elena gateaba hacia la puerta de su cuarto con una determinación que solo ella tenía. Nicolás, más observador, la seguía con la mirada, como si supiera que su hermana siempre encontraba problemas.
—Vamos, mis amores —dijo Ana, levantándolos en brazos—. Hoy vamos a hacer