El fin de las ilusiones no trajo consigo el alivio, sino el horror de la realidad. El aire, antes cargado de una tensión psíquica, ahora se espesó con algo mucho más primario: el olor a almizcle de una docena de depredadores listos para matar. Los luisones reales emergieron de cada rincón oscuro de la usina, no como fantasmas, sino como moles de músculo y furia, sus ojos amarillos fijos en las tres presas humanas que el espectáculo de su amo les había dejado como recompensa.
—Esto no es una ilu