099. El Espectáculo que me Debés
La risa de Elio, grave y burlona, no era un sonido. Era una entidad. Llenó el vasto espacio de la Usina, rebotando contra el hierro oxidado y el hormigón, un eco que parecía nacer de las propias paredes y del pasado sangriento del lugar. Las siluetas de los luisones emergieron de cada sombra, no como una jauría desordenada, sino con la precisión de una unidad militar, bloqueando cada salida, cada posible ruta de escape. Sus ojos amarillos como una constelación de estrellas malignas en la penumbr