080. Después del Sabor a Verdad
El beso terminó, pero el silencio que dejó atrás no era vacío. Estaba lleno de la textura de sus labios, del sabor a café y a piel, de la verdad no verbal que acababan de compartir. Se quedaron así, ella sentada sobre el regazo de él, en el suelo de piedra de la cueva, la luz gris del día bañándolos en una intimidad cruda, casi sagrada.
Florencio le apartó un mechón de cabello del rostro, sus dedos temblando apenas. El gesto, tan simple, tan despojado de su autoridad habitual, fue más elocuente