047. La Fiebre del Instinto
El camino de regreso a la cabaña fue un peregrinaje a través del dolor y la vergüenza. Cada paso era una batalla. El frío de la noche se le había metido en los huesos, y el barro seco sobre su piel se sentía como una segunda capa de humillación. Sostenía los jirones de su ropa contra el pecho, un escudo patético contra el recuerdo de las manos de Elio, de su desprecio, de su rechazo.
Cuando llegó a la puerta, dudó. Entrar significaba aceptar la derrota, volver a la jaula concedida por un hombre