007. El Olor del Miedo Ajeno
El aire en la cabaña era denso, pesado con la humedad de la madrugada y el eco de los sueños no tenidos. Selene abrió los ojos lentamente, cada músculo de su cuerpo protestando con un dolor sordo que ya empezaba a serle familiar. La oscuridad aún se aferraba a los rincones, pero una tenue luz gris se filtraba por la única ventana, prometiendo un nuevo día, una nueva ronda en la prisión de madera. Se sentó con un esfuerzo que le arrancó un jadeo silencioso, la camisa de Florencio —demasiado grand