Valeria se enteró de la ruina financiera de su padre no por su boca, sino por los gritos sordos que salían de su despacho. Cuando finalmente salió, su rostro estaba pálido y roto, y el nombre de Demian Vieri era la única sílaba audible.
La furia de Valeria fue inmediata, una lava ardiente que no admitía miedo. Demian había cruzado una línea inaceptable. Usar a su padre y su dinero era el antítesis de su libertad. No le debía nada a nadie, y mucho menos a un mafioso posesivo.
Con la adrenalina