CAPÍTULO 67: LATIDOS CRUZADOS
Eden
El pasillo está tan silencioso que hasta la alfombra parece contener el aliento. Cierro la puerta de mi habitación, apoyo la espalda en la madera y, en cuanto el pestillo encaja, todo se desmorona. Dejo que las lágrimas empapen mis mejillas mientras siento mi respiración rota y un temblor que no sé si viene del frío siberiano o del nombre que sigue latiendo en mi garganta: Nikolai.
Me repito —como un mantra de supervivencia— que fue sólo el hielo, la luna páli