EPÍLOGO
El sonido del mar es un viejo amante. Persistente, terco… como yo.
Desde el balcón del hotel en Cartagena, las olas rompen contra la arena con la misma cadencia que mi respiración. La brisa huele a sal, ron y redención postergada. Estoy sin camisa, como casi siempre, dejando que la humedad tropical resbale por mi piel como una excusa para no pensar. Fumo en silencio, el cigarro se consume lento entre mis dedos. La cicatriz en mi abdomen, roja aún, me atraviesa como si alguien hubiese que