EPÍLOGO
El sonido del mar es un viejo amante. Persistente, terco… como yo.
Desde el balcón del hotel en Cartagena, las olas rompen contra la arena con la misma cadencia que mi respiración. La brisa huele a sal, ron y redención postergada. Estoy sin camisa, como casi siempre, dejando que la humedad tropical resbale por mi piel como una excusa para no pensar. Fumo en silencio, el cigarro se consume lento entre mis dedos. La cicatriz en mi abdomen, roja aún, me atraviesa como si alguien hubiese querido partirme en dos y solo hubiese logrado marcarme.
Me mataron… sin embargo, aquí estoy.
Nadie sabe quién soy. Y si alguien me busca, lo hace por un fantasma enterrado bajo los escombros de San Petersburgo. El encantador, el traidor, el lobo maldito. Ya no queda mucho de él. Ahora soy solo una sombra con pasaporte nuevo y cuentas en Suiza que sobrevivieron mejor que yo. Ironías de la vida.
El celular vibra sobre la mesa de noche. Lo miro. Solo hay una persona en este mundo que puede llamarme s