La tarde caía lentamente sobre la ciudad, tiñendo el cielo de un naranja cálido que se desvanecía con cada minuto. La mansión Sinisterra permanecía en aparente calma, pero en su interior se gestaba una conversación que cambiaría el rumbo de todo.
En el estudio familiar, la señora Sinisterra se encontraba sentada frente a la chimenea, con una taza de té intacta entre las manos. Miguel entró sin tocar, con el rostro tenso y los ojos bajos, como si intuyera que aquella charla no sería fácil.
—Mamá