El eco de los gritos de Allison aún retumbaba en los corredores, pero la sala principal de reuniones ya había recobrado el orden. Las cámaras de vigilancia mostraban su traslado en vivo, en una de las pantallas del salón. Todos miraban con el rostro pálido, los ojos bajos y la garganta seca. Nadie se atrevía a decir una palabra. Nadie osaba moverse.
Leonardo Sinisterra se puso de pie lentamente, alisándose el traje con una calma que solo podía pertenecer a un hombre que había vencido. A su lado