Allison cerró suavemente el diario y se quedó contemplando la tapa con una expresión fría y vacía. Sus ojos, aún cargados de asombro, ya no brillaban con la arrogancia habitual. Esta vez, destilaban una calma siniestra, una quietud que solo precedía a la tormenta.
Sus dedos acariciaron la portada del cuaderno como si fuera una pieza frágil. Lo sostuvo unos segundos más, indecisa, observando el lugar exacto en el que lo había encontrado, entre unos libros viejos al fondo de una repisa de madera