La tensión se podía cortar con una navaja. Allison seguía de pie, esposada y con el rostro altivo, aunque el sudor le perlaba la frente. Los murmullos entre los presentes cesaron cuando Alanna se acercó con pasos lentos, decididos, el rostro endurecido por años de sufrimiento reprimido.
Se detuvo frente a ella, observándola de arriba abajo.
—¿Sabes? Llevo años imaginando este momento —dijo Alanna, su voz helada, pero firme—. El día en que al fin podrías mirarme de frente y no con ese aire de su